El queso es uno de los alimentos más nutritivos y exquisitos desde la antigüedad. Su origen es incierto, y si bien los mitos griegos nos cuentan que fue un regalo de los dioses y ya los romanos eran grandes consumidores de queso, con especial predileccion por el de cabra, por otro lado los árabes tienen una leyenda que cuenta cómo un pastor perdió su recipiente para transportar la leche y se le ocurrió sacrificar un cabrito para usar su estómago con tal fin. Durante el viaje, la leche fermentó en el interior del estómago a causa del calor, se tornó sólida y aprendieron a fabricar queso.
Más probable que todo lo anterior es que el origen del queso se remonte aún más atrás, produciéndose su nacimiento en el seno de los primeros asentamientos humanos. Algún ganadero pudo comprobar, igual que el árabe, que la leche que guardaba en algún recipiente comenzaba a solidificarse y a cambiar su sabor, o los primeros cazadores encontraron leche cuajada en los estómagos de las crías a las que daban muerte.
Sea como fuere que ocurrió este descubrimiento, lo que es cierto es que el queso es un referente gastronómico en nuestros días. Quesos existen para todos los gustos y paladares, de todas las nacionalidades y exclusivos de cada región. Para un adicto al queso como yo, que lo tengo por alimento y golosina, y para quien un buen trozo de queso con su rebanada de pan es el mejor compañero cuando hemos trotado loma tras loma durante todo el día, no hay alimento mejor.
En el Cortijo del Manzano de Campotéjar (Granada), se produce el queso de cabra ecológico más exquisito que jamás he probado. Lo produce Rafa, de un modo totalmente artesanal, ordeñando a mano a sus cabras cada madrugada, para pastorearlas durante el resto del día. De modo que, como cada año, aproveché la fiesta de la Hispanidad en Santa Fe, donde suele ir, para comprar dos quesitos, uno curado, otro fresco con hierbas aromáticas, que disfrutar ahora. Me faltó el de ceniza, pero así tengo la excusa perfecta para hacerle una visita cualquier fin de semana, y disfrutar de paso de su compañía.
Etiquetas: campo, naturaleza, tradiciones
La verdad es que este viaje a Extremadura venía posponiéndose bastante tiempo. El pasado septiembre queríamos pasar unos días entre Cáceres y Badajoz, visitar en el primero el recientemente declarado Parque Natural de Monfragüe y, en el segundo, a unos amigos. Pero, con vacaciones tomadas y todo, coincidió una semana de lluvias imparables que, si bien son mano de santo para el campo (y bienvenidas sean), nos fastidiaron el viaje.
Así pues, cuando el pasado fin de semana dispusimos todo para el viaje, miramos al cielo con algo de miedo, pero ciertamente la meteorología favorable acompañó todo el tiempo, y pudimos pasar un fin de semana magnífico del que, cómo no, quiero dar aquí cumplida cuenta. Seré breve. Prometido.
Lo primero, cómo no, fue el viaje de ida. Salimos temprano de Málaga, y prácticamente hicimos todo el recorrido con breves paradas pero sin dilatar la llegada, ya que nos esperaban unos amigos para almorzar. Así que, tras pasar Sevilla y adentrarnos en la zona norte de la provincia, entre alcornocales (Quercus suber) y encinares (Quercus rotundifolia), comenzamos a sentirnos libres y a despojarnos del lastre de la monotonía. Quedé encantado cuando, tras pasar esas magníficas dehesas llegamos a Extremadura, y a extensas estepas cerealistas donde campaban a sus anchas hermosísimos cernícalos (Falco tinnunculus) y milanos reales (Milvus milvus) como el de la fotografía.
Por supuesto, durante el viaje no faltaron bandadas de buitres leonados (Gyps fulvus) surcando el cielo en amplias espirales, aprovechando las térmicas en su continua búsqueda de restos animales y, claro está, la que sin duda es la viva imagen de Extremadura (como demuestra su distribución propia de Linux, LinEx), la cigüeña blanca (Ciconia ciconia). Es asombroso ver hasta qué punto se encuentran extendidas en toda la comunidad, anidando en cualquier lugar que suponga para ellas una atalaya en la que criar, con la mayor tranquilidad, su prole.
Como puede observarse en las fotografías, los nidos de cigüeña no faltaban en ninguna de las torretas que se muestran. Un mayor acercamiento nos permite ver la pareja, descansando en el nido, y cómo vinculado al mismo encontramos gran cantidad de avecillas (gorriones comunes -Passer domesticus-, en la imagen), que anidan y viven en una relación de buena vecindad con aquellas.
Aquí vemos una de las cigüeñas en pleno vuelo, justo cuando estaba saliendo del nido en dirección al Guadiana.
Por último, llegamos a Mérida, donde nos esperaba un fin de semana repleto de acontecimientos. Pero eso quedará para una futura entrada del blog.
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La desnudez de los árbolesHace 5 años


