Maus, de Art Spiegelman, es una historia que llevaba tiempo deseando leer. Conseguí el libro recientemente, gracias a un grato regalo, aún más por inesperado; y ciertamente la historia que narración me ha encantado. Trata la historia del padre del autor, Vladek Spiegelman, un judío que sobrevivió al holocausto nazi, y la relación existente entre ambos, muy marcada por el propio pasado del progenitor, que si bien salió con vida de aquella pesadilla, lo hizo marcado por siempre por el sufrimiento que allí padeció. Hablamos, por tanto, de dos historias; la narrada por Vladek a su hijo, gracias a la cual éste puede vislumbrar la vida que llevaron sus padres durante la guerra, y la compleja relación de amor-odio que se profesan padre e hijo. Historias que se interrumpen, que se entrelazan la una con la otra, haciéndonos partícipes de las mismas, cómplices de los pequeños ratones que nos emocionan y hacen reír a un tiempo.
Porque de ratones estamos hablando. Con una clara intención de reflejar en su novela gráfica el papel que desempeñaron en la guerra los alemanes, polacos, judíos, americanos, Spiegelman representa mediante animales el rol de cada grupo. Así, y en el orden anteriormente usado, nos encontramos con gatos, cerdos, ratones y perros, trazados mediante un dibujo intencionadamente tosco pero tremendamente expresivo, que si bien inicialmente puede volvernos reticentes ante el mismo, termina por convencernos de que es el más adecuado para transmitir los recuerdos del autor. Spiegelman sólo se permite un momento de flaqueza, desbordando toda la emoción contenida, en Prisioneros en el planeta infierno. Un caso clínico, un cómic dentro del cómic que, en su recurrencia, haría las delicias del mismísimo Borges, y que resulta realmente aterrador.
Una obra imprescindible.
Etiquetas: comic, libros, literatura
A quien me conozca bien no le resultará extraño comprobar cómo llegó a entusiasmarme esta saga en cómic sobre las andanzas de un pato y un dragón alrededor de la mazmorra gestionada por un pollo.
Lo primero que tendría que añadir es que no soy muy aficionado a este género (novela gráfica, cómic, etc.), no porque lo considere un género menor, sino simplemente porque siempre supuso para mí un medio muy válido de expresión artística pero, en general -y me crucificarán por esto-, más coartador de la imaginación que un libro. Sin embargo, he de coincidir en que es un medio de comunicación harto efectivo y más que adecuado en algunos casos. Como el que nos ocupa, por ejemplo.
A caballo entre la literatura épica fantástica de Tolkien, los juegos de rol, la novela de aventuras y la más desternillante y ácida crítica “a lo Groucho”, la ruptura de estereotipos a que nos someten las aventuras de Herbert y Marvin (pato y dragón, respectivamente), en los libros de La Mazmorra, no puede dejar a nadie indiferente. Son personajes entrañables, vivos, de los que no deseamos separarnos cuando llegamos a conocerles. La risa aflora en cada página, y viñeta a viñeta, Sfar y Trondheim, sus autores, nos llevan de la mano hacia situaciones disparatadas pero plausibles dentro de las reglas que marcan el devenir de Tierra Amata, su mundo.
No termina aquí la cosa. A Herbert y Marvin se suma una galería de secundarios que toman un protagonismo especial en cada libro y, en particular, en la saga de La Mazmorra: Monstruos, con aventuras protagonizadas por los mismos. Y, para rizar el rizo, dos sagas más: La Mazmorra, Amanecer, con un joven Guardián de La Mazmorra como protagonista de aventuras dignas de Dumas, y La Mazmorra, Crepúsculo, en la que descubrimos el lado más tenebroso de Herbert en una Tierra Amata pos-apocalíptica.
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La desnudez de los árbolesHace 5 años