Ahora puede encontrar los últimos contenidos de Andanzas de un trotalomas en nuestra nueva dirección: http://trotalomas.wordpress.com
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

La casa de los cocodrilos



Todas las épocas tienen sus héroes, algunos nuevos, otros heredados de las pretéritas. De las etapas de la vida, la infancia resulta la más propensa a endiosar a todo tipo de referentes. De los reales (los padres, ciertas profesiones generalmente acompañadas del riesgo como sinónimo de la aventura) a los ficticios (héroes televisivos y, cómo no, literarios), los niños tienden, tendimos, a elevar a un pedestal a nuestros ídolos que en ocasiones son, como decía, heredados.

Cuántos no nos habremos emocionado con la ceguera de Miguel Strogoff, aterrorizado con el incierto destino del capitan Hatteras o admirado del suprahumano valor de Sandokan en las novelas de Verne y Salgari. Cuántas aventuras corrimos de niños junto a Jim Botón o con papá Mumin; huyendo junto a los traviesos Guillermo y Tom Sawyer, o siguiendo a los protagonistas de La guerra de los botones. La de ocasiones en que nos escondimos en un barril de manzanas o ingerimos un trozo de seta que nos haría tan minúsculos que podríamos pasar a través de la puerta más ínfima. De la infancia nos quedan, pasado el tiempo, los recuerdos. De lo que fue y, sobre todo, de lo que soñamos. Y entre sueños, de estos recuerdos, nos queda en ocasiones el agridulce sabor de lo que pudo haber sido.

Recientemente, gracias a estas librerías de viejo que tanto me gusta visitar, aunque actualmente sea en generalmente de forma virtual (como os relataba, Internet se está convirtiendo en un gran apoyo a la hora de localizar obras imposibles), conseguí localizar una copia de La casa de los cocodrilos, una novela infantil que tuvo los ingredientes necesarios para atraparme en su lectura y sucesivas relecturas durante un largo periodo de tiempo. No recuerdo la cantidad de veces que pude acompañar a Víctor Laroche en sus incursiones por las habitaciones solitarias de la casa-hotel en que vivía con sus padres, y donde se produjera la trágica muerte de Cecilia, la hija del anciano propietario del edificio; sólo sé que el libro formó parte de mi más remota infancia, y que como tantos otros que leí en la Biblioteca Pública de mi pueblo, no pude conseguir adquirir pasados los años por encontrarse descatalogado, aunque me acompañase siempre su recuerdo.

He vuelto a leer el libro este fin de semana en poco más de una hora. Obviamente, mi aproximación al mismo ha sido distinta, desde otra perspectiva, pero he de confesar que me ha traído a la mente recuerdos que creí olvidados. Se trata de una obra escrita claramente para un público infantil, ávido de encontrar un protagonista como éste, con el que poder identificarse. Para los amantes de las novelas detectivescas, futuros lectores de las aventuras de Los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock, de Doyle, Christie o Simenón, puede ser un punto de arranque más que interesante. Lástima que la edición existente, de Miñón en 1977, sea prácticamente imposible de encontrar, tan difícilmente localizable como tantas obras que quedarán sepultadas en el pasado, aunque su memoria nos acompañe por siempre.

Ritos de paso

Fue el de ayer un día afortunado. Aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe, del que se cumple su segundo centenario (este año además se cumplen 160 años de su temprana defunción), por casualidades de la vida, que a veces dan alegrías como esta, me crucé con un par de cuervos al salir del trabajo para almorzar.

Por la noche, después de recoger a un par de nuevos inquilinos que nos acompañarán en nuestro periplo, de casa en casa, a partir de ahora (y que ya os presentaré), la lluvia acompasada evocó, rozando la medianoche, el ambiente necesario para oír sendas versiones, original y traducida, del poema más célebre del autor: El Cuervo. Brindamos por su memoria, no con Amontillado, ni con el coñac de su misterioso visitante anual, pero sí con un Pedro Ximénez suave como el suspiro de Anabel Lee al expirar.

Programas sobre libros

Es curioso comprobar cómo, a pesar de que transcurran los años, siguen siendo necesarias las medidas de fomento de la lectura, y cómo, por muchos que pasen, los efectos no se hacen patentes ni perduran en el tiempo. En ocasiones, además, lo poco que se hace, se hace mal, a conciencia o no. Es el caso que me encontraba ayer, cuando veía el programa que Canal Sur 2 emite para lectores: El público lee y, como cada domingo, se solapaba al menos en parte con Página 2, su equivalente en La 2 de TVE. Tenemos toda la semana disponible, y para un par de programas que se emiten en televisión intentando llevar el mundo de los libros a los lectores (quién sabe si algún no-lector se hará eco de sus propuestas), lo hacen el mismo día y casi a la misma hora. Ambos fueron interesantes, en cualquier caso. En El público lee entablaron debate con Juan Cruz, y en Página 2, bastante más dinámico y variado (más enfocado, me parece a mí, a captar no-lectores) entrevistaron a mi siempre adorado Paul Auster.

Yo, que ya antaño (de los ’80 hablamos) veía el programa infantil-juvenil Un cesto lleno de libros, y que –debo confesar- alguna vez he vencido doblemente al sueño viendo a altas horas de la noche Negro sobre blanco, el soporífero programa de Sánchez Dragó e incluso, en ocasiones, odiado a Dovstoievski por sus Noches Blancas al dar la idea a Dragó para el título de su programa en Telemadrid, soy bastante escéptico con estas iniciativas. No porque no las considere necesarias, sino justamente por lo contrario. Porque son tan necesarias que tiene poco sentido programarlas a las 2 de la madrugada, o el domingo por la tarde compitiendo con el –por desgracia- omnipresente fútbol. Máxime cuando compiten entre sí, televisión nacional y autonómica, públicas ambas, un mismo día a la misma hora.

Los viajes de Tuf


El pasado fin de semana, aprovechando la entrada particularmente lluviosa con que se ha hecho presente este otoño, he finalizado la lectura de Los viajes de Tuf, de George R. R. Martin, el autor que me tiene encandilado con su saga Canción de Hielo y Fuego. Sin embargo, las aventuras de Tuf poco o nada tienen en común con las intrigas políticas y traiciones que infligen y sufren los protagonistas de esta serie de fantasía. Haviland Tuf es un comerciante que, casualmente, consigue hacerse con una vetusta (pero avanzadísima) sembradora del Viejo Imperio, el Arca, que si bien en el pasado era usada para llevar la guerra biológica a los planetas enemigos, se convierte en manos de Tuf en la solución a los problemas ecológicos de los problemas que visita. Con este sencillo argumento, Martin nos presenta a un personaje dotado de una personalidad muy particular: sin rastro de vello en su cuerpo, es vegetariano y detesta ser tocado y tratar con sus semejantes. Dotado de una aguda inteligencia, al conseguir el Arca comienza a desempeñar labores de ingeniero ecológico sin dejar de lado sus habilidades de comerciante a la hora de negociar el precio de sus servicios. Eso sí, acompañado siempre por sus gatos.


Aunque el relato toma forma de novela, lo cierto es que se trata de una serie de cuentos, publicados en orden no cronológico respecto a los acontecimientos, y recogidos posteriormente en este formato. En cada uno de ellos, Tuf se enfrentará a un reto ecológico distinto, y no habrá que bucear mucho en la trama para reconocer problemas a los que se enfrenta actualmente nuestro planeta por las acciones que llevamos a cabo (o dejamos de realizar) cada día.


Un libro que recomendar a mansalva, que todos deberían leer. Es muy divertido, se lee casi sin darnos cuenta y plantea situaciones que se están dando o se darán en breve en nuestro planeta, y que dan pie a cuestionarnos nuestra forma de actuar.

¡Feliz cumpleaños!

La verdad es que no sé qué ocurre en Navidad, pero muchos de mis amigos y conocidos cumplen años en septiembre :) . Así, además de los buenos amigos -o más que eso- que he ido felicitando durante el mes presente, tengo que felicitar hoy a dos entrañables personajes. Bueno, a tres, puesto que el día 20 fue el cumpleaños de George R. R. Martin, que tan gratificantes momentos me está brindando últimamente. Respecto a los otros dos, me refiero a Bilbo y Frodo; ya sabéis, aquello de

No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.

Así pues, ¡feliz cumpleaños! ¡Y feliz otoño!

Llega el otoño

Por fin llega el otoño, mi estación preferida (la estación por antonomasia), mañana, día 22 de septiembre de 2008, a las 17:44 horas. Con un poco de suerte, su llegada me encontrará en casa, descansando, tras la jornada laboral. Con un poco menos, posiblemente le encuentre yo sentado frente a un ordenador terminando de realizar un despliegue que ha sufrido alguna complicación.


El caso es que, como decía, no sé si se deberá a la proximidad del otoño, pero me encuentro estos días un poco más melancólico de lo habitual. He aprovechado el fin de semana para ponerme al día con algunos grupos musicales que había dejado aparcados en el camino durante estos años: Paradise Lost, Type O Negative, Moonspell o My Dying Bride, por mencionar algunos. Todos ellos englobados en el estilo gothic/doom metal, y que con el devenir de los años han sufrido algunas transformaciones en su concepción de la música, unos más que otros, obviamente. El caso es que, recuperando sus discos de los ’90, cuando aún me sumía en la vorágine de su música tenebrosa, me he sentido tocado por un hálito de rejuvenecimiento y melancolía que, lejos de ser malo, creo que ha recuperado en mí las ganas que tenía entonces de llevar a cabo proyectos. Alejados, eso sí, de la informática; entre el trabajo, el posible Máster en el que con un poco de suerte (que sea buena o mala es cuestión aparte) ocuparé mi tiempo libre dentro de poco, y el otro blog, tengo más que suficiente. Pensaba, por ejemplo, en volver a escribir, en colaborar con alguna asociación o revista literaria, incluso en buscar (nuevamente, esperemos que ahora con mejor suerte) alguna asociación medioambiental como aquella que ocupó más de diez años de mi vida…


No sé si haré todo eso, o quedará en agua de borrajas. Pero la intención está ahí. Temblad, pues :) .

El horror de Dunwich

Las sombras dejaron de expandirse hace horas para comenzar a disolverse entre sí, fundiéndose en un todo impenetrable del que a duras penas es capaz de salvarme la luz de la lámpara que reposa sobre la mesilla de noche, junto a la cama, a mi lado. Su ocre luminosidad destila las tinieblas en imposibles siluetas de muebles que ocupan la habitación con sus abigarradas figuras contrahechas, invitándome a regresar a la lectura del volumen que sostengo entre las manos. Años atrás disfruté -si así puede definirse la indescriptible desazón que me acompañó en una primera lectura- de la pluma de Lovecraft narrando los horrores de Dunwich y los ominosos rituales que allí se celebraban. Ahora, cuando el oscuro vuelo de las grajillas toma el relevo al hipnótico cántico del chotacabras anticipando la llegada del ya próximo otoño, vuelvo a sentir cómo un escalofrío me recorre el espinazo. La oscuridad me rodea, y sólo me acompaña la voz de Nick Holmes como aquel entonces, casi quince años atrás. Lovecraft resulta más terrorífico que nunca en la exquisita edición ilustrada que edita Libros del Zorro Rojo -cuán distinta de aquella otra de Alianza Cien que leí antaño-, un ejemplar que sólo regalaría un amante de los libros a otro homo libris.



Vuelvo a la lectura… Mas cuidado si visitáis Dunwich, sus pobladores os estarán esperando:




Los vecinos de Dunwich han llegado a constituir un tipo racial propio, con estigmas físicos y mentales de degeneración y endogamia bien definidos. Su nivel medio de inteligencia es increíblemente bajo, mientras que sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos semiencubiertos, a incestos y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. La aristocracia local, representada por los dos o tres linajes familiares que vinieron procedentes de Salem en 1692, ha logrado mantenerse algo por encima del nivel general de degeneración, aunque numerosas ramas de tales linajes acabaron por sumirse tanto entre la sórdida plebe que sólo restan sus apellidos como recordatorio da origen de su desgracia.


El hombre de hielo, por Haruki Murakami

Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.

—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.

En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente. No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.


A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.

La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.

Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.

Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.

—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.

—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.

—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.

—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.


Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.

—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado. No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.

El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.


Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.

Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.

Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.

Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.

Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.

Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo. Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo m


Maravilloso, enigmático, de abrumadora belleza. Esta novela de Murakami (la segunda que leo, tras su magnífico Tokio Blues -Norwegian Wood- ) me ha atrapado de principio a fin. La búsqueda de un sentido a la propia existencia lleva al protagonista de la historia, Tooru Okada, un joven abogado en paro que es abandonado por su mujer, a conocer a todo tipo de individuos, reales y oníricos, que influirán decisivamente en su forma de ver la vida. Por la suya desfilarán, apareciendo y desapareciendo como el Guadiana, extrañas hermanas con nombre de isla, una madre y su hijo mudo, y una joven, May, que será su ¿unica? amiga. Todo en pos de encontrar a su gato y a su mujer, desaparecidos en dos momentos cercanos, y a sí mismo, en último término.


Intercalada en la narración encontramos intercaladas diversas historias de los personajes ¿secundarios? que enriquecen la historia principal y la dotan de nuevas dimensiones. Haruki Murakami es sin duda alguna una de los referentes literarios de Japón en la actualidad, y un narrador a tener muy en cuenta si hablamos de autores contemporáneos.

Personas libro

El pasado viernes, día 30 de mayo, estuve con Ro en la librería Luces, que cumplía 5 años de existencia, echando un vistazo a los libros y presenciando una de las iniciativas que llevaron a cabo como celebración del lustro de existencia de la cadena de librerías. En concreto, estuvimos viendo a varias personas-libro recitando fragmentos de obras literarias, y ciertamente fue bastante emotivo. Para aquellos que aman los libros, pensar en la quema de libros simbólicas (como la que perpetran el barbero y el cura con los libros de caballerías de Don Quijote) o no (la de Berlín, o la que se produjo durante la guerra civil española, o tantas otras otras) es sumirse en el horror de la vergüenza y la barbarie. Porque sin libros, sin cultura, somos más vulnerables. Porque sin cultura, que no es patrimonio de la humanidad, sino de nosotros los hombres y otros seres (grandes simios, delfines y otras especies poseen rasgos culturales bastante marcados entre sus poblaciones), no somos nada.


Y, para evitar esta quema, os recomiendo un libro, personas:


The Lady of Shalott


Una de las leyendas más hermosas del ciclo artúrico es el de la dama de Shalott, y lo es más si la oímos en la voz de Loreena McKennitt. En ella se narra cómo Elena, lady Shalott, teje encerrada en una torre, acompañada sólo por el eco de su voz. Pesa sobre ella una maldición, ya que se le ha prohibido contemplar la belleza de Camelot, y sólo puede ver la ciudad del lago a través de un espejo que le devuelve el reflejo de aquella mientras teje. Un día ve a Lancelot en el espejo, y su amor por él se convierte en su perdición, ya que olvidando la prohibición se vuelve y contempla Camelot. En ese momento todas las telas en las que tejía escenas de la vida en Camelot, de Arturo y de sus hombres, salen volando de la habitación. El espejo se rompe de parte a parte; ella baja al lago, toma una barca y parte en dirección a la mágica ciudad.


Este momento es el que refleja Waterhouse en el cuadro que acompaña al poema de Tennyson en la entrada de hoy, que es además la letra de la canción, de una abrumadora belleza, interpretada por Loreena McKennitt.



On either side the river lie
Long fields of barley and of rye,
That clothe the wold and meet the sky;
And through the field the road run by
To many-tower'd Camelot;
And up and down the people go,
Gazing where the lilies blow
Round an island there below,
The island of Shalott.



Willows whiten, aspens quiver,
Little breezes dusk and shiver
Through the wave that runs for ever
By the island in the river
Flowing down to Camelot.
Four grey walls, and four grey towers,
Overlook a space of flowers,
And the silent isle imbowers
The Lady of Shalott.



By the margin, willow veil'd,
Slide the heavy barges trail'd
By slow horses; and unhail'd
The shallop flitteth silken-sail'd
Skimming down to Camelot:
But who hath seen her wave her hand?
Or at the casement seen her stand?
Or is she known in all the land,
The Lady of Shalott?



Only reapers, reaping early,
In among the bearded barley
Hear a song that echoes cheerly
From the river winding clearly;
Down to tower'd Camelot;
And by the moon the reaper weary,
Piling sheaves in uplands airy,
Listening, whispers, " 'Tis the fairy
The Lady of Shalott."



There she weaves by night and day
A magic web with colours gay.
She has heard a whisper say,
A curse is on her if she stay
To look down to Camelot.
She knows not what the curse may be,
And so she weaveth steadily,
And little other care hath she,
The Lady of Shalott.



And moving through a mirror clear
That hangs before her all the year,
Shadows of the world appear.
There she sees the highway near
Winding down to Camelot;
There the river eddy whirls,
And there the surly village churls,
And the red cloaks of market girls
Pass onward from Shalott.



Sometimes a troop of damsels glad,
An abbot on an ambling pad,
Sometimes a curly shepherd lad,
Or long-hair'd page in crimson clad
Goes by to tower'd Camelot;
And sometimes through the mirror blue
The knights come riding two and two.
She hath no loyal Knight and true,
The Lady of Shalott.



But in her web she still delights
To weave the mirror's magic sights,
For often through the silent nights
A funeral, with plumes and lights
And music, went to Camelot;
Or when the Moon was overhead,
Came two young lovers lately wed.
"I am half sick of shadows," said
The Lady of Shalott.



A bow-shot from her bower-eaves,
He rode between the barley sheaves,
The sun came dazzling thro' the leaves,
And flamed upon the brazen greaves
Of bold Sir Lancelot.
A red-cross knight for ever kneel'd
To a lady in his shield,
That sparkled on the yellow field,
Beside remote Shalott.



The gemmy bridle glitter'd free,
Like to some branch of stars we see
Hung in the golden Galaxy.
The bridle bells rang merrily
As he rode down to Camelot:
And from his blazon'd baldric slung
A mighty silver bugle hung,
And as he rode his armor rung
Beside remote Shalott.



All in the blue unclouded weather
Thick-jewell'd shone the saddle-leather,
The helmet and the helmet-feather
Burn'd like one burning flame together,
As he rode down to Camelot.
As often thro' the purple night,
Below the starry clusters bright,
Some bearded meteor, burning bright,
Moves over still Shalott.



His broad clear brow in sunlight glow'd;
On burnish'd hooves his war-horse trode;
From underneath his helmet flow'd
His coal-black curls as on he rode,
As he rode down to Camelot.
From the bank and from the river
He flashed into the crystal mirror,
"Tirra lirra," by the river
Sang Sir Lancelot.



She left the web, she left the loom,
She made three paces through the room,
She saw the water-lily bloom,
She saw the helmet and the plume,
She look'd down to Camelot.
Out flew the web and floated wide;
The mirror crack'd from side to side;
"The curse is come upon me," cried
The Lady of Shalott.



In the stormy east-wind straining,
The pale yellow woods were waning,
The broad stream in his banks complaining.
Heavily the low sky raining
Over tower'd Camelot;
Down she came and found a boat
Beneath a willow left afloat,
And around about the prow she wrote
The Lady of Shalott.



And down the river's dim expanse
Like some bold seer in a trance,
Seeing all his own mischance --
With a glassy countenance
Did she look to Camelot.
And at the closing of the day
She loosed the chain, and down she lay;
The broad stream bore her far away,
The Lady of Shalott.



Lying, robed in snowy white
That loosely flew to left and right --
The leaves upon her falling light --
Thro' the noises of the night,
She floated down to Camelot:
And as the boat-head wound along
The willowy hills and fields among,
They heard her singing her last song,
The Lady of Shalott.



Heard a carol, mournful, holy,
Chanted loudly, chanted lowly,
Till her blood was frozen slowly,
And her eyes were darkened wholly,
Turn'd to tower'd Camelot.
For ere she reach'd upon the tide
The first house by the water-side,
Singing in her song she died,
The Lady of Shalott.



Under tower and balcony,
By garden-wall and gallery,
A gleaming shape she floated by,
Dead-pale between the houses high,
Silent into Camelot.
Out upon the wharfs they came,
Knight and Burgher, Lord and Dame,
And around the prow they read her name,
The Lady of Shalott.



Who is this? And what is here?
And in the lighted palace near
Died the sound of royal cheer;
And they crossed themselves for fear,
All the Knights at Camelot;
But Lancelot mused a little space
He said, "She has a lovely face;
God in his mercy lend her grace,
The Lady of Shalott."



But who hath seen her wave her hand?
Or at the casement seen her stand?
Or is she known in all the land,
The Lady of Shalott


El día del libro


Hoy es la fiesta del libro, uno de los días del año más significativos para mí, enamorado desde siempre de estos peculiares tetraedros de papel que guardan, como pequeñas cajas de Pandora, imaginarios mundos que recorrer y compartir.


El libro más vendido, como se veía venir, ha sido El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, y he de admitir que he colaborado a que así sea. Aunque inicialmente era un poco reticente a sumergirme en la vorágine de la bestsellermanía, lo cierto es que su predecesor, La sombra del viento, fue un libro que marcó un antes y un después. Lo compré en Círculo cuando aún no se hablaba de este fenómeno de masas. Empezaba a sonar como un libro que enganchaba literalmente a sus lectores, pero poco más. La historia me pareció interesante, su autor, apenas conocido entonces y con sólo algunos libros a sus espaldas, me llamó la atención, y lo compré. Pasé el fin de semana metido en la cama, leyendo vorazmente la novela, atrapado en sus páginas, sin poder ni querer salir de ellas. Hacía años que no me atraía tanto una historia, que no me sentía como un niño, leyendo con la linterna bajo las sábanas, eludiendo la celosa vigilancia paterna. Cuando terminé la historia, tuve que volver a empezarla. Fue un libro que compartí con amigos, con mi pareja, con mi suegra… que lo liberó en el mejor sitio para este libro, en un tren (lástima que no tuviese como destino Barcelona). Como fue un book-crossing involuntario, me compró otra edición la de Planeta, que es la que tengo ahora.


Cuando descubrimos a un autor o un libro que nos impacta, queremos compartirlo con los demás, que nuestros amigos y allegados lo conozcan y lo disfruten. No sé qué deparará El juego del ángel (ya daré cuenta por aquí de lo que me pareció), pero sin duda, La sombra del viento es uno de los libros que regalaría sin dudarlo a cualquiera de mis amigos, y cuya lectura recomiendo encarecidamente. Aunque hoy día sea un best-seller ;) .

El asombroso viaje de Pomponio Flato





Descubrí la publicación de El asombroso viaje de Pomponio Flato casi de casualidad. Andaba curioseando entre los estantes de la librería, con un par de libros en la mano, ya elegidos, cuando vi la publicidad del libro junto a una estantería. ¿Una nueva novela de Mendoza, con tan curioso título? No podía dejarla allí, sin echarle al menos un vistazo. Dicho y hecho, hojeé un poco el libro y se vino conmigo.


He de decir, en primer lugar, que me encanta Mendoza. Podría afirmar, sin temor a exagerar, que me encanta tanto su obra “seria” (La ciudad de los prodigios, La verdad sobre el caso Savolta o Mauricio y las elecciones primarias, por citar algunas de sus novelas) como la que no se nos antoja como tal (Sin noticias de Gurb, El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y, ahora, El asombroso viaje de Pomponio Flato). Con pocos libros he reído a carcajada limpia al leerlos (o releerlos), como los suyos. Además, últimamente Roma y su historia parecen perseguirme: tanto por viajes personales, como por los libros que estoy leyendo y las series con las que me estoy encontrando, llevo un par de meses, casi tres, buceando en la historia del que fue uno de los Imperios más importantes de la Historia Antigua.


En cualquier caso, El asombroso viaje… se plantea como una mezcolanza de géneros que no dejará a nadie insatisfecho. Novela histórica (al modo de Mendoza, claro), de humor, detectivesca… con personajes que se nos antojan conocidos, casi familiares (por qué será), con la que nos hace viajar a la Jerusalén del siglo I junto a Pomponio, donde están a punto de llevar a cabo una ejecución, mediante la crucifixión… ¡Y no puedo leer más! ;)

Hoy quería recomendar un libro. Me ha tenido enganchado desde que lo empecé hasta terminarlo, y ha conseguido arrancarme una sonrisa tras otra. Se trata de El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon. Este autor, conocido por sus obras infantiles, trabajó en su día con niños autistas, lo que le ha dado una especial visión de los mismos a la hora de plasmar el comportamiento de Christopher, un niño con síndrome de Asperger, cuando descubre que el perro de su vecina ha sido asesinado y decide investigar el caso emulando a su ídolo, Sherlock Holmes.


Aunque aparentemente se trata de un libro infantil-juvenil, el enfoque que le da Haddon le hace recomendable para todos los públicos. Se le ha criticado por incluir demasiados clisés en el comportamiento de Christopher, y posiblemente sea cierto. Esto es algo en lo que no puedo entrar, por evidentes razones, ya que no es un campo que domine. Sin embargo, por lo que he leído sobre el síndrome, lo cierto es que comprende un amplio espectro de patologías, por lo que no hay dos casos iguales en lo que a personas afectadas por este síndrome se trata. Lo que sí es cierto es que la peculiar visión de este niño sobre la realidad puede darnos mucho que pensar. Con él contemplaremos desde otra perspectiva el mundo de mentiras de los adultos, que no es capaz de comprender porque no sabe mentir, y con su tierna mirada a los animales y forma de ver la vida, simple y racional nos llevará de la mano por un mundo que nos resultará totalmente novedoso.

Ilíada

Habló Aquiles y dijo:

Hijo de Laertes, divino de mente astuta, es mejor que hable claro y diga lo que pienso, y lo que sucederá: así nos evitaremos seguir charlando inútilmente. No hay en la tierra ni un solo aqueo que pueda convencerme de que abandone mi ira. No podrá hacerlo Agamenón, ni podréis hacerlo vosotros. ¿Qué provecho obtiene quien combate, siempre, sin tregua, ante cualquier enemigo? El destino es igual tanto para el animoso como para el bellaco, igual es el honor para el valiente que para el cobarde, y mueren igual el holgazán y el esforzado. Nada me queda después de haber sufrido tanto, después de haber arriesgado mi vida en todo momento en el corazón de la batalla. Como un pájaro que lleva a sus polluelos la comida que con tanto esfuerzo ha conseguido, del mismo modo pasé yo muchas noches insomnes, y muchos días dediqué a luchar contra el enemigo en el campo ensangrentado.


[...]

Ve a donde esté Agamenón y refiérele lo que te he dicho, y hazlo en voz alta, delante de todos, de manera que los demás aqueos sepan qué clase de hombre es, para que tengan cuidado, no vayan a ser engañados ellos también. Yo os digo que, por muy desvergonzado que sea, no volverá a tener el valor de mirarme a los ojos. Y yo no iré en su ayuda, ni combatiendo, ni dándole consejo; ya he tenido bastante, que se vaya al diablo, nada puedo hacer si se ha vuelto loco. Él ya nada me importa, y odio sus presentes: aunque me diera diez, veinte veces cuanto posee, aunque me ofreciera tantos bienes como granos tiene la arena, ni siquiera así lograría doblegar mi corazón. Antes tendrá que pagar, hasta el fondo, la horrible ofensa con que me ha herido.


(Alessandro Baricco, Homero, Ilíada)

Me lo ha quitado de la punta de la lengua. Parece que Aquiles trabajase en una consultoría ;).

Mazurca para dos muertos

“Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frio..."


Mazurca para dos muertos. Camilo José Cela.

La guía del autoestopista galáctico


El pasado domingo me encontraba postrado debido al dolor de riñón que me viene haciendo compaña desde hace un par de semanas, de modo que aprovechaba la situación para finalizar la lectura de este singular libro del que tanto había oído hablar, y que ya deseaba contar en mi haber de lecturas acabadas.


La historia del libro es bastante singular. Apareció originariamente como una serie radiofónica en la BBC y, debido a su éxito, Douglas Adams, su autor, decidió editarla en libro. Más concretamente, en una "trilogía en cinco volúmenes" que iniciaría éste del que hablo hoy. Tras él vendrían El restaurante del fin del mundo, La vida, el universo y todo lo demás, Hasta luego y gracias por el pescado, Informe sobre la tierra: fundamentalmente inofensiva, libros todos que ya estoy deseando leer.


La verdad sea dicha, La guía... me ha encantado. Está plagada de un humor irreverente, de modo que no me extraña que Adams fuese comparado en vida con los prolíficos Monty Python, con los que ya colaboró en sus tiempos mozos, o con las chifladuras de Kurt Vonnegut, de Lewis Carrol o Jonathan Swift. Para abrir boca, simplemente hay que plantearse la siguiente situación: Arthur Dent intenta impedir que su casa sea derruida para permitir el paso de una nueva autopista. Pero poco importará eso, ya que la Tierra va a ser igualmente demolida por los Vogones, una especie de burócratas espaciales que, igualmente, tienen que deshacerse de ella para permitir el paso de una autopista intergaláctica. De modo que en unas pocas páginas la Tierra es destruida (adiós preocupaciones por salvar la Tierra), y podemos acompañar a Arthur en su fin de semana por el espacio, ya que junto a su amigo Ford Prefect (alienígena redactor del libro La guía del autoestopista galáctico) hace autostop y es recogido por los Vogones que, sin saberlo, les salvan.


Poco después se unirán a un irreverente grupo formado por Tricia McMillan, otra terrícola, amor imposible de Arthur, y novia del presidente de la galaxia, Zaphod Beebledrox, un juerguista irreverente que busca, sin saberlo, la pregunta correspondiente a la respuesta última a Todo. Les acompañará también Marvin, el androide paranoide, un robot con sentimientos: de culpa, de remordimiento y con algo de depresión por su "no-vida".


Una paranoia adorable. Una aventura increíble. Y unas risas impagables. En la infinitud del Universo todo es posible. Hasta este libro.

El clan del oso cavernario

Siempre he sido un apasionado de la Historia, en general, y de la Prehistoria, en particular. Tanto por el lado más cercano a la biología y a la evolución como por el potencial literario de esa época. De hecho, hace unos meses, cuando nació La Dehesilla News, pensé crear un blog paralelo dedicado, precisamente, a esta parte de nuestra historia. Sin embargo, como tantas veces, la falta de tiempo hizo que dejase apartado ese proyecto. Quién sabe, tal vez algún día lo retomo. Entretanto, la verdad es que llevaba un par de días pensando en escribir una entrada referente a estos temas. Ayer, cuando venía desde Málaga a Granada, la imaginación volaba por encima de los riscos y entre los matorrales, en estos paisajes de roca caliza que me encantan. Pensaba, en particular, en algunos de los últimos libros que he leído en torno a este tema (algunos del profesor Arsuaga y de caracter más científico, otros, más novelescos, del propio Arsuaga, su Al otro lado de la niebla, que me pareció algo floja, Antes de Adán, de Jack London o William Golding y su genial Los herederos. Sin embargo, ningún otro libro me impactó tanto a este respecto como la saga de Los Hijos de la Tierra, que inició con un increible El clan del oso cavernario, la autora norteamericana J. M. Auel. Aunque los avances en la investigación de nuestro pasado ha dejado sin fundamento científico muchas de sus afirmaciones, no deja de dar una realista visión de la época, diez mil años atrás, cuando la última gran glaciación atrapaba bajo el hielo gran parte de Europa. Pensaba en el último volúmen de la serie, aún sin publicar, y en la avanzada edad de la autora. Se prevé su publicación para 2010 y, cuando llegue el momento, habrá que "repasar" la saga completa (seis volúmenes), y recorrer, una vez más, las extensiones desiertas de Europa, con destino a la que llegaría a ser Hispania miles de años después, junto a Ayla, la cromañón, en busca de los suyos.


Un apasionante viaje, una lectura recomendable en extremo que, esperemos, llegue a buen puerto en unos años.


Para saber más:

Historia del Rey Transparente




La verdad es que tenía ganas de leer Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero, desde hacía bastante tiempo, así que, tras tener la edición de Círculo aparcada en casa durante más de un año, me lo traje para Málaga a ver si le hincaba el diente. Llevo unos días con él, avanzando en el escaso tiempo que puedo dedicarle, y la verdad es que hasta el momento me está gustando bastante. Me recuerda, eso sí, a su novela Temblor, que me encantó en su día, y que permanece en mi memoria por diversos motivos, no sólo el literario. Temblor es, como Historia del Rey Transparente, una novela de iniciacion, en el que la niña transmuta su cuerpo al de mujer, viviendo (¿sufriendo?) aciagas desventuras. Pero volvamos al Rey Transparente


La novela narra la historia de Leola, una campesina que, para salvar la vida, roba la armadura a un caballero muerto en batalla y, desde ese momento, permanece encerrada en ese cuerpo de metal, transfigurada en hombre. La historia está escrita con una prosa elegante y atrapa desde un comienzo, ambientada en un periodo histórico bastante convulso, presentando los enfrentamientos religiosos entre diversas órdenes, y los viajes de los Cruzados a Tierra Santa.


La figura de Leola presenta reminiscencias de figuras históricas, como la de Juana de Arco, por ejemplo, o de ficción, como Orlando. El caso es que, aunque aún no he terminado su lectura, sí que me ha hecho reflexionar bastante sobre el papel y la figura de la mujer en una época tan convulsa como la de la Baja Edad Media. Podría parecer que, entonces, la mujer tendría un escaso papel en su sociedad, pero es bien cierto que, como apunta la novela, fue una época en la que la mujer tomó una gran relevancia, casi un mano a mano con otros grandes ideales caballerescos, como pudieran ser la religión o el honor.


Así, investigando un poco en Internet, me he encontrado con un breve ensayo en inglés en torno al rol adoptado por las mujeres en la ficción histórica anglosajona, bastante interesante, y con referencias a otra famosa fémina cuya historia, posiblemente con un alto componente de leyenda, dibujó con hermoso trazo John Collier, me estoy refiriendo a Lady Godiva, esposa de Leofric, que se opuso a la implacable dureza de su marido cuando éste aumentó los impuestos al vasallaje, cabalgando desnuda por el mercado de Coventry, cubierta únicamente por su larga cabellera.


Por último, dejo los enlaces a los documentos de que hablaba más arriba, y marcho presto a retomar la lectura.