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Nos vimos en Berlín.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Al final voy a tener que ponerme incluso de parte de la Iglesia.



NO a la guerra en Gaza.

Roma



Hace tiempo que disfruté como un enano con esta serie. Era la época en la que, además, visitamos Mérida y nos deleitamos con la buena compañía de los amigos en el incomparable marco de Extremadura. Mérida me encantó (como dejé claro en su día en este blog), una ciudad que dejaba entrever en cada esquina su pasado, eminentemente dominado por el periodo de ocupación romana.


En aquella época, como decía, estuve viendo la serie Roma. Desde que oí hablar de ella me llamó la atención, y aprovechando una oferta especial de National Geographic Historia, conseguí la primera temporada a un precio más que apetecible. Y la devoré. Me encantó su recreación de la época, sus personajes, dotados de una psicología profunda todos ellos, las inumerables intrigas palaciegas, y un periodo más que interesante de su historia (el final de la República y el comienzo del Imperio). Pero no había podido escribir por aquí recomendándola. Unas veces por una cosa, otras por otra, alfinal no me sentaba a hacerlo. Ahora estoy disfrutando de ella nuevamente, en versión original. Y no quería dejar la oportunidad de recomendarla para este verano. Seguro que no os defrauda.


Ha transcurrido tanto tiempo desde el viaje a Mérida, que si alguien siguió con la más mínima expectación los dos anteriores episodios de esta trilogía de entradas, habrá terminado hastiado y cansado ante la falta de continuidad en el relato. Sin embargo, y dado el hasta ahora carácter exclusivamente personal del blog, espero que los hipotéticos lectores del mismo me perdonen por la persistente ausencia de que he hecho gala durante este último mes. Ha sido éste un periodo de cambio y adaptación, fundamentalmente en el plano laboral, ya que he cambiado de empresa y tipo de trabajo (aunque la informática me persigue, como siempre, despiadadamente). Dejo de momento el lado empresarial de la informática, y el desarrollo de aplicaciones de gestión, y me vuelco en la parte de sistemas y, lo que me encanta, en el desarrollo de aplicaciones mucho más vinculadas al hardware. Pero esto será tema para otro día.







Por lo pronto, hoy quería mostrar algunas de las hermosísimas vistas de Mérida: su anfiteatro y teatro romanos, o el Templo de Afrodita, que despertaron en mí nuevamente el sueño de estudiar Historia, otra de mis espinitas clavadas (aunque quienes me conocen saben que la Biología y, en concreto, la Etología, son las que más profundamente hicieron mella en mí).








Respecto a Emérita Augusta, no he tenido tiempo de olvidarla. He aprovechado este mes, también, para ver la primera temporada de la serie Roma, que me ha sorprendido gratamente, y de la que hablaré uno de estos días. Y también para escribir, aunque no tan habitualmente como habría deseado, en mi blog de programación y seguridad, Lobosoft ,que en estos días ya es PageRank 2 de Google, y recibe en torno a sesenta visitas diarias.

Maus

Maus, de Art Spiegelman, es una historia que llevaba tiempo deseando leer. Conseguí el libro recientemente, gracias a un grato regalo, aún más por inesperado; y ciertamente la historia que narración me ha encantado. Trata la historia del padre del autor, Vladek Spiegelman, un judío que sobrevivió al holocausto nazi, y la relación existente entre ambos, muy marcada por el propio pasado del progenitor, que si bien salió con vida de aquella pesadilla, lo hizo marcado por siempre por el sufrimiento que allí padeció. Hablamos, por tanto, de dos historias; la narrada por Vladek a su hijo, gracias a la cual éste puede vislumbrar la vida que llevaron sus padres durante la guerra, y la compleja relación de amor-odio que se profesan padre e hijo. Historias que se interrumpen, que se entrelazan la una con la otra, haciéndonos partícipes de las mismas, cómplices de los pequeños ratones que nos emocionan y hacen reír a un tiempo.


Porque de ratones estamos hablando. Con una clara intención de reflejar en su novela gráfica el papel que desempeñaron en la guerra los alemanes, polacos, judíos, americanos, Spiegelman representa mediante animales el rol de cada grupo. Así, y en el orden anteriormente usado, nos encontramos con gatos, cerdos, ratones y perros, trazados mediante un dibujo intencionadamente tosco pero tremendamente expresivo, que si bien inicialmente puede volvernos reticentes ante el mismo, termina por convencernos de que es el más adecuado para transmitir los recuerdos del autor. Spiegelman sólo se permite un momento de flaqueza, desbordando toda la emoción contenida, en Prisioneros en el planeta infierno. Un caso clínico, un cómic dentro del cómic que, en su recurrencia, haría las delicias del mismísimo Borges, y que resulta realmente aterrador.


Una obra imprescindible.