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Obras completas de Miguel Delibes

Con pocos autores me he sentido tan identificado, desde siempre, como con Miguel Delibes. Hombre cabal donde los haya, Delibes es uno de los grandes de nuestras letras. Desde que publicase su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Nadal hace ya más de sesenta años, su andadura literaria ha ido ligada siempre al sentir más popular, y a la voz de los humildes, de los niños y del campo. Así, no puede dejar de alegrarme comprobar cómo, en los últimos tiempos, su magna obra y su dimensión humana reciben un merecido reconocimiento.


Hace apenas dos meses me hacía eco, desde La Dehesilla News, de su cumpleaños, coincidente además con la noticia de la publicación de las obras completas del autor, revisadas por él mismo; noticia que, para más inri, se hacía pública durante la inauguración del II Congreso Internacional 'Cruzando Fronteras: Miguel Delibes, entre lo universal y lo local'. Como no podía ser menos, ya que la edición corre a cargo de Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores y Ediciones Destino, nos encontramos ante unos volúmenes de cuidada presentación, en papel biblia de un encantador tono ahuesado y cubierta en tela. La alegría nos durará un par de años más, ya que la colección completa consta de siete volúmenes, y se irán publicando a razón de dos por año, permitiéndonos así redescubrir a nuestro cazador más literario.


Pero no termina aquí la cosa, ya que no han transcurrido ni dos semanas desde que la Asociación Colegiada de Escritores de España (ACE) otorgase al autor el Premio Quijote de las Letras Españolas 2007, tanto más honroso por cuanto el ganador es decidido en voto secreto por los más de 2500 socios que la conforman.


Nos quedamos, por fin, con un fragmento de su libro -de entre los suyos, claro está-, preferido: Viejas historias de Castilla la Vieja.


"Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro".


El pueblo en la cara. Viejas historias de Castilla la Vieja. Miguel Delibes.

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